Cada 8 de octubre resurgen los homenajes hacia la figura del almirante Miguel Grau Seminario por su inmolación en el Combate de Angamos entregando su vida por la patria. Y con justa razón: sus acciones no solo sostuvieron la resistencia nacional hasta el último instante, sino que, al hacerlo, nos legó un ejemplo de amor al país, de cumplimiento del deber y de nobleza aún en los momentos más difíciles.
No obstante, a Grau se le ha criticado, por ejemplo, su indulgencia con el enemigo: el rescate de los náufragos de la corbeta Esmeralda o la decisión de no bombardear ciudades costeras chilenas como Iquique o Valparaíso. Algunos sostienen que hacerlo hubiera sido un acto legítimo en el contexto de una guerra.
Sin embargo, cabe preguntarse: ¿realmente habría cambiado la historia si Grau hubiera atacado esas ciudades? Todo indica que no. La flota chilena ya gozaba de una clara superioridad numérica y tecnológica. El Huáscar, por más valeroso que fuese su comandante y su tripulación, carecía de la potencia de fuego y de los recursos necesarios para sostener una ofensiva de gran escala. Un bombardeo no habría otorgado al Perú una ventaja táctica decisiva, pero sí habría arriesgado a la única nave que mantenía viva la resistencia en el mar.
Más aún, un ataque contra poblaciones indefensas habría puesto en entredicho la autoridad moral del Perú y deteriorado la imagen internacional que Grau supo salvaguardar con sus gestos de humanidad. La política marítima de la época, aunque todavía marcada por la brutalidad de la guerra, ya reconocía límites frente a los civiles. Grau, marino de formación y hombre de fe y de principios, entendió que la legitimidad de su causa estaba también en la forma de combatir. Su célebre carta a la viuda de Prat refleja precisamente esa visión: se podía ser adversario sin dejar de ser caballero.
En términos políticos y éticos quizá atacar ciudades sí habría cambiado algo, pero para peor. Grau habría traicionado su código de honor y probablemente perdido el respeto internacional y la admiración que hasta hoy trasciende fronteras.
Así, la supuesta “indulgencia” de Grau no fue un error, sino parte de una coherencia entre estrategia y ética. Prolongó la resistencia con el Huáscar, hostigando el transporte enemigo, y al mismo tiempo elevó la moral de los peruanos que veían en él no solo a un jefe militar valiente y capaz, sino también a un líder íntegro.
Hoy, cuando el Perú enfrenta otras luchas, el ejemplo de Grau continúa siendo un camino. Él nos recuerda que el poder sin ética se convierte en abuso, y que la verdadera victoria no siempre se mide en la inmediatez de la batalla, sino en la permanencia del honor.



